Por Carlos Mariscal de Gante

Nuestra libertad depende de la libertad de prensa y no puede limitarse sin que ésta se pierda.
Thomas Jefferson

 

Cuando escribo estas líneas, todavía no tenemos certidumbre sobre el resultado de las múltiples reclamaciones del equipo jurídico del presidente en funciones de los Estados Unidos, Donald Trump. Dilucidar qué hay de cierto en ellas será competencia de los jueces estatales y federales y no es éste el lugar para posicionarse a favor o en contra de hechos que nos quedan tan lejanos a quienes no participamos ni conocemos en profundidad los procedimientos de cada uno de los sistemas electorales de los estados en liza.

Sin embargo, sí debemos sentirnos concernidos por algunos hechos muy preocupantes que han venido sucediéndose en los meses previos y las semanas posteriores a la propia campaña estadounidense. Me refiero a los actos de abierta y clara censura por parte de los medios de comunicación (prensa y televisión) y redes sociales (fundamentalmente Twitter, Facebook e ¡incluso! WhatsApp) de los mensajes de uno de los candidatos, el presidente Trump, y de las ideas y políticas que ha defendido en sus cuatro años de mandato.

Los cortes en medio de los discursos del presidente, precisamente cuando denunciaba un gran fraude electoral, por parte de las grandes cadenas de televisión, así como la censura de sus tuits o de los mensajes y links de su campaña en Facebook son la culminación de un proceso -repito- de clara y abierta censura de algunas ideas. Ideas que ciertos grupos de comunicación y multinacionales tecnológicas han declarado “inapropiados” para los ciudadanos estadounidenses, como si el mandato democrático no requiriese de una sana discusión de ideas y la decisión, libre y autónoma, de los ciudadanos de qué consideran apropiado o inapropiado.

A mi juicio, el caso más elocuente, aunque no el más mediático, a este respecto ha sido el de la renuncia de la periodista Bari Weiss como jefe de opinión nada menos que del New York Times, otrora el gran referente de la prensa internacional. El “caso Weiss” es muy significativo precisamente porque la periodista fue contratada, como ella misma explica en su carta de renuncia, para acoger en las páginas del Times las opiniones de aquellos que habían apoyado a Trump en las elecciones de 2016. Su periódico había ignorado y ridiculizado tales razones, hasta el punto de considerar imposible que el candidato republicano pudiera vencer a su contrincante (Weiss habla del “fracaso del periódico en anticipar el desenlace de las elecciones de 2016”).

La periodista, que se declara ideológicamente como liberal, es decir, más cercana a las ideas del Partido Demócrata, cumplió con su cometido: trató de publicar tribunas de congresistas, senadores, escritores más o menos veteranos y miembros del ejército y las diferentes policías del país para crear un sano debate donde todas las opiniones estuvieran representadas. Con ello, la flamante jefe de opinión trataba de lograr que los lectores del diario pudiesen formarse su propia visión de lo que estaba sucediendo en el país y de las opiniones de esa mayoría que se decantó por el entonces candidato republicano.

La carta de Weiss continúa relatando las consecuencias de su imperdonable propósito de crear un ambiente de discusión, pluralismo y contraste de posiciones: discriminación, acoso laboral, insultos de sus propios colegas tales como “racista”, “mentirosa”, “nazi”, “fanática” o bromas judeófobas cada vez que la autora escribía acerca de los preocupantes actos de antisemitismo que están reproduciéndose en Europa y los propios Estados Unidos. El pecado de Weiss, en definitiva, fue seguir la máxima de Jefferson que he reproducido al inicio de este artículo: sin libertad de prensa, no hay libertad a secas.

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